La vida se nos manifiesta en una rica biodiversidad que el hombre pocas veces valora en su justa medida. Más bien colabora para disminuir esa diversidad, y enriquecer la lista de especies en vías de extinción.
Dentro del repertorio cultural merecen ser preservados: edificios, monumentos, ruinas, sitios notables, únicos. Pero el patrimonio de nuestra riqueza cultural no se agota el en territorio o las construcciones ricas en historia, sino que hay otras variables, fundamentales, que dan sentido a aquellas, y que son intangibles.
Las tradiciones, costumbres, canciones, danzas, temas musicales, los recuerdos... Las anécdotas contadas por un abuelo memorioso, las historias que transmiten sucedidas en el barrio cuando los actuales vecinos eran niños, si es que habían nacido... los pequeños secretos que guarda un barrio, su barrio, el mío... en síntesis, el color de las microculturas suburbanas.
Un delicado entramado, una variada policromía que no debemos permitir que se pierda de vista, que desaparezca en el horizonte, en aras de una globalización, que tras la falacia de que todo aquello que tiene fronteras inalterables es discriminatorio, nos quiere arrancar lo que se fue guestando a través de innumerables generaciones: nuestra identidad.
Quizás porque uno tiene la desgracia de ser nostalgioso, quizás por la costumbre de sondear raíces (propias o ajenas) o tal vez por estar en permanente litigio con el tiempo, la resultante es que el tema en lo personal comenzó a obsesionarme desde mi visión profesional.
Y pude concretar un anhelo comenzando a observar y a redescubrir un nuevo mundo (allí estaba en un rincón de mi memoria) desde el lente de mi cámara, un trabajo que vengo realizando hace algunos años y me encontré con una tradición que a mi entender servía de saludable catarsis a la comunidad y como tantas otras se ha ido perdiendo en la noche de los tiempos: la de los Carnavales.
Nuestros Carnavales. Carnavales en cada lugar, de éste, mi lugar en que crecí y tuve la suerte de poder seguir habitando y desarrollándome.
Espero que en un futuro no muy lejano podamos revivir la buena costumbre de los disfraces y las serpentinas, las Murgas y las Comparsas, de la diversión en "los cuatro días locos".
Para ello, para que no se pierda irrecuperablemente, va este aporte. Uno más de la zaga del patrimonio intangible del que hoy tanto se habla y en cuya memoria voy a compromoterme en este espacio. Que no nos arranquen definitivamente la alegría...

Sergio Lovrich junto al "Loco Will" (el murguero más viejo de Vicente López) en el último Corso de Munro, en Marzo de este año.

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